lunes, 4 de agosto de 2014

REGLAS PARA SER HUMANOS


1) Recibirás un cuerpo. Puede gustarte o no, pero será tuyo durante todo el tiempo que estés aquí.

2) Aprenderás lecciones. Estas inscrito en una escuela informal de tiempo completo llamada vida. En esta escuela cada día tendrás la oportunidad de aprender clases. Es posible que las lecciones te gusten o que te parezcan irrelevantes y tontas.

3) No hay errores, sólo lecciones. El crecimiento es un proceso de prueba y error: es una experimentación. Los experimentos fallidos forman parte del proceso en igual medida que el experimento que funciona bien.

4) Las lecciones no tienen fin. No hay nada en la vida que no contenga sus lecciones. Si estás vivo, siempre tendrás algo para aprender.

5) "Allí" no es mejor que "Aquí". Cuando tu "Allí" se convierte en un "Aquí" simplemente tendrás otro "Allí" que de nuevo parecerá mejor.

6) Los otros no son más que tus espejos. No puedes amar u odiar algo en otra persona, a menos que refleje algo que amas u odias en ti mismo.

7) Lo que haces de tu vida depende de ti. Tienes todas las herramientas y los recursos que necesitas. Lo que hagas con ellos depende de ti. La decisión es tuya.

8) Tus respuestas están dentro de ti. Las respuestas a las interrogantes de la vida están en tu interior. Todo lo que debes hacer es mirar, escuchar y confiar.

9) Olvidarás todo esto...
...Pero siempre que quieras, podrás recordarlo.


domingo, 3 de agosto de 2014

LA ROSA Y EL SAPO



Había una vez una rosa roja muy bella, se sentía de maravilla al saber que era la rosa mas
bella del jardín. Sin embargo, se daba cuenta de que la gente la veía de lejos. Se dio cuenta
de que al lado de ella siempre había un sapo grande y oscuro, y que era por eso que nadie
se acercaba a verla de cerca. Indignada ante lo descubierto le ordena al sapo que se fuera
de inmediato; el sapo muy obediente dijo: Esta bien, si así lo quieres. Poco tiempo después
el sapo pasa por donde estaba la rosa y se sorprendió al ver la rosa totalmente marchita,
sin hojas y sin pétalos. Le dijo entonces:
Vaya que te ves mal. ¿Que te pasa?
La rosa contesta:
Es que desde que te fuiste las hormigas me han comido día a día, y nunca pude volver a ser
igual.
El sapo solo contesta
Pues claro, cuando yo estaba aquí me comía a esas hormigas y por eso siempre eras la más
bella del jardín. Moraleja: Muchas veces despreciamos a los demás por creer que somos más que ellos, más bellos o
simplemente que no nos "sirven" para nada. Dios no hace a nadie para que sobre en este
mundo, todos tenemos algo que aprender de los demás o algo que enseñar, y nadie debe
despreciar a nadie. No vaya a ser que esa persona nos haga un bien del cual ni siquiera
estemos conscientes.

sábado, 2 de agosto de 2014

LA PACIENCIA ES AMARGA



En los tiempos de las grandes haciendas ganaderas, se ataba a veces un pequeño burro a un caballo salvaje.

Ambos eran entonces soltados juntos hacia el desierto. Corcoveando furiosamente, el caballo salvaje tiroteaba y sacudía al pequeño burro, arrastrándolo como una bolsa de patatas.

Sin embargo, ambos regresaban algunos días después. Primero aparecía el pequeño burro, trotando de regreso hacia la hacienda, con el sumiso corcel a rastras.

En algún lugar del desierto, el caballo quedó exhausto al tratar de liberarse del burro. En ese momento, el burro se convirtió en el amo de los dos. El lento, paciente e insignificante animal se convirtió en el líder del otro más rápido, más veleidoso y más apreciado.

Las personas pacientes, comprometidas, metódicas y trabajadoras pueden encontrarse en la cometida de aquellos que son más revoltosos en su trabajo. Pero al final, ellos tienden a lograr más, ascender más alto, y ganar mayor respeto de sus colegas y de aquellos que trabajan a sus órdenes.

Elija hoy ser paciente y calladamente decidido, y el mañana lo recompensará.

La paciencia es amarga, pero su fruto es dulce.

viernes, 1 de agosto de 2014

EL ANILLO DEL REY



Hubo una vez un rey que le dijo a los sabios de la corte:

- Me estoy fabricando un precioso anillo. He conseguido uno de los mejores diamantes posibles. Quiero guardar oculto dentro del anillo algún mensaje que pueda ayudarme en momentos de desesperación total, y que ayude a mis herederos, y a los herederos de mis herederos, para siempre. Tiene que ser un mensaje pequeño, de manera que quepa debajo del diamante.

Todos quienes escucharon eran sabios, grandes eruditos; podrían haber escrito grandes tratados, pero darle un mensaje de no más de dos o tres palabras que le pudieran ayudar en momentos de desesperación total, les parecía una tarea casi imposible... Buscaron en sus libros, pero no podían encontrar nada.

El rey tenía un anciano sirviente que también había sido sirviente de su padre. La madre del rey murió pronto y este sirviente cuidó de él, por tanto, lo trataba como si fuera de la familia. El rey sentía un inmenso respeto por el anciano, de modo que también lo consultó. Y éste le dijo:

-No soy un sabio, ni un erudito, ni un académico, pero conozco el mensaje. Durante mi larga vida en palacio, me he encontrado con todo tipo de gente, y en una ocasión me encontré con un místico. Era invitado de tu padre y yo estuve a su servicio.Cuando se iba, como gesto de agradecimiento, me dio este mensaje- el anciano lo escribió en un diminuto papel, lo dobló y se lo dio al rey-. Pero no lo leas-le dijo- mantenlo escondido en el anillo. Ábrelo sólo cuando todo lo demás haya fracasado, cuando no encuentres salida a la situación-

Ese momento no tardó en llegar. El país fue invadido y el rey perdió el reino.Estaba huyendo en su caballo para salvar la vida y sus enemigos lo perseguían.Estaba solo y los perseguidores eran numerosos. Llegó a un lugar donde el camino se acababa, no había salida: enfrente había un precipicio y un profundo valle; caer por él sería el fin. Y no podía volver porque el enemigo le cerraba el camino. Ya podía escuchar el trotar de los caballos. No podía seguir hacia delante y no había ningún otro camino...

De repente, se acordó del anillo. Lo abrió, sacó el papel y allí encontró un pequeño mensaje tremendamente valioso: Simplemente decía "ESTO TAMBIÉN PASARÁ". Mientras leía "esto también pasará" sintió que se cernía sobre él un gran silencio.Los enemigos que le perseguían debían haberse perdido en el bosque, o debían haberse equivocado de camino, pero lo cierto es que poco a poco dejó de escuchar el trote de los caballos.

El rey se sentía profundamente agradecido al sirviente y al místico desconocido.Aquellas palabras habían resultado milagrosas. Dobló el papel, volvió a ponerlo en el anillo, reunió a sus ejércitos y reconquistó el reino. Y el día que entraba de nuevo victorioso en la capital hubo una gran celebración con música, bailes...y él se sentía muy orgulloso de sí mismo.

El anciano estaba a su lado en el carro y le dijo:

-Este momento también es adecuado: vuelve a mirar el mensaje.

-¿Qué quieres decir? -preguntó el rey-. Ahora estoy victorioso, la gente celebra mi vuelta, no estoy desesperado, no me encuentro en una situación sin salida.

-Escucha -dijo el anciano-: este mensaje no es sólo para situaciones desesperadas;también es para situaciones placenteras. No es sólo para cuando estás derrotado;también es para cuando te sientes victorioso. No es sólo para cuando eres el último; también es para cuando eres el primero.

El rey abrió el anillo y leyó el mensaje: "Esto también pasará", y nuevamente sintió la misma paz, el mismo silencio, en medio de la muchedumbre que celebraba y bailaba, pero el orgullo, el ego, había desaparecido. El rey pudo terminar de comprender el mensaje. Se había iluminado. Entonces el anciano le dijo:



-Recuerda que todo pasa. Ninguna cosa ni ninguna emoción son permanentes.

UNA DULCE LECCIÓN DE PACIENCIA.



Cuentan que un taxista de Nueva York llegó a la dirección y tocó el claxon. Después de esperar unos minutos volvió a tocar el claxon. Como esa iba a ser la última carrera de su turno, pensó en marcharse, pero en su lugar, estacionó el automóvil y caminó hacia la puerta y llamó... "Un minuto", respondió una frágil voz de anciana. El taxista oyó algo que se arrastraba a través de la puerta.

Después de una larga pausa, la puerta se abrió. Una pequeña mujer de unos 90 años estaba de pie ante el taxista. Llevaba un vestido estampado y un sombrero con un pequeño velo, como alguien sacado de las películas de los años 40.

A su lado había una pequeña maleta de nylon. El apartamento parecía que no había sido habitado durante años. Los muebles estaban cubiertos con sábanas.

No había relojes en las paredes, ningún chisme ni utensilio en los mostradores. En el rincón había una caja de cartón llena de fotos y cristalería.

"¿Sería tan amable de llevarme la maleta al coche?", dijo. El taxista llevó la maleta al taxi y regresó para ayudar a la anciana.

Ella se agarró a su brazo y lentamente caminaron hacia la acera.

La anciana no paraba de agradecer la amabilidad del taxista. "No es nada", le dijo "Solo intento tratar a mis clientes del modo en que me gustaría que trataran a mi madre".

"Oh, usted es un buen muchacho", dijo ella. Cuando se metieron en el taxi, ella le dio una dirección y entonces le preguntó al taxista: "¿Le importaría llevarme por el centro?"

"No es el camino más corto", respondió rápidamente el taxista.

"Oh, no me importa", dijo ella, "No tengo ninguna prisa. Voy de camino a un hospicio".

El taxista miró por el retrovisor. Los ojos de la anciana brillaban. "No me queda familia ninguna", prosiguió con una suave voz. "El médico dice que no me queda mucho tiempo." El taxista extendió el brazo lentamente y paró el taxímetro.

"¿Qué ruta quiere que tome?", preguntó.

Durante las siguientes dos horas, dieron vueltas por la ciudad. Ella le enseñó al taxista el edificio donde años atrás había trabajado de ascensorista.

Pasaron por el barrio donde ella y su esposo había vivido de recién casados. La anciana le hizo parar frente a un almacén de muebles que una vez había sido un salón de baile en el que ella había bailado de niña.

Algunas veces, la anciana le pedía que aminorara la marcha enfrente de algún edificio o esquina en concreto y se sentaba mirando fijamente en la oscuridad sin decir nada.

Cuando el primer esbozo de los rayos de sol aparecían por el horizonte, ella dijo de repente: "Estoy cansada. Vámonos ya".

El taxista condujo en silencio hacia la dirección que ella le había dado. Era una edificio bajo, como un pequeño sanatorio, con una camino de entrada que pasaba por debajo de un pórtico.

Dos camilleros salieron tan pronto como paramos. Eran solícitos y resueltos, observando cada movimiento de ella. Debían de haber estado esperándola.

El taxista abrió el maletero y llevó la maletita hasta la puerta. La mujer ya estaba sentada en una silla de ruedas.

"¿Qué le debo?", preguntó buscando en el monedero.

"Nada", dijo el taxista.

"Por favor, tiene que ganarse la vida", respondió ella.

"Hay más clientes", respondió el taxista.

Casi sin pensar, el taxista se inclinó y le dio un abrazo. Ella se abrazó a el fuertemente.

"Usted ha dado a una vieja un pequeño momento de alegría", dijo ella. "Gracias".

El taxista caminó hacia la tenue luz de la mañana... Detrás de él se cerró una puerta. Fue el sonido del cierre de una vida.

El taxista no recogió ningún cliente más en aquel turno. Condujo sin dirección alguna sumido en sus pensamientos. Durante el resto de aquel día, apenas pudo hablar. ¿Qué hubiera ocurrido si a aquella señora le hubiese tocado un taxista furioso o impaciente por terminar el turno? ¿Qué hubiera ocurrido si él se hubiera negado a hacer la carrera o si solo hubiese tocado el claxon una vez y se hubiera marchado?

Entonces pensó que no había hecho nada más importante que aquello en su vida.

Estamos condicionados a pensar que nuestras vidas giran alrededor de grandes momentos.

Pero los grandes momentos muchas veces nos pillan desprevenidos y por sorpresa, envueltos maravillosamente en lo que otras personas considerarían un momento sin importancia

NUESTRAS MASCARAS


Cuenta una leyenda que, cierto día, la Hermosura y la Fealdad se juntaron a la orilla del mar. Hacía mucho calor y, viendo el agua, ambas decidieron darse un chapuzón en el mar.

Así pues, sin pensárselo dos veces, se despo
jaron de la ropa y se sumergieron en las frescas aguas del mar. Pasado un rato, la Fealdad salió de la playa y, sin darse cuenta, se colocó la ropa de la Hermosura y, acto seguido, siguió su camino.

Al cabo de un tiempo también la Hermosura salió del agua pero, para su sorpresa, no pudo encontrar su ropa. Era muy tímida y, como no se atrevía a caminar desnuda, se colocó la ropa de la Fealdad. Tras hacerlo continuó también su camino.

Y cuentan que, desde aquel momento, los seres humanos las confunden y mezclan con relativa facilidad.

No obstante hay personas que han conseguido contemplar la cara de la Hermosura, han conseguido reconocerla sin importar los ropajes que lleva puestos. Y, de igual forma, también han
sido capaces de reconocer la cara de la Fealdad sin dejar que el tejido se la esconda de sus ojos. 


DESPIERTO PARA SIEMPRE.


Todo surge y desaparece. Pero quien despierta, lo hace para siempre. (Budha).
Tienes 2 maneras de vivir: cayendo o creciendo. Caer es fácil porque te ayuda la gravedad, la sociedad, la multitud, los que te acondicionan. Para caer basta con dejarse estar, dejarse dirigir, ser obediente. Pero crecer es dificil. Para crecer hay que desobedecer, hay que vencer el ego, vencerse a uno mismo, evolucionar. Hay que ser un solitario, un individualista. El ser humano es el único que desarrolló una consciencia; todos la tenemos pero pocos la buscan y encuentran. Si emprendes el camino y logras conocerte y vivir tu propia vida, vivirás para siempre.